Esta expresión, que sin duda habrás oido miles de veces, tiene su origen en el sXIX, cuando no se sabia con exactitud si las personas estaban vivas o muertas antes de ser enterradas.
Determinar si los muertos estaban en realidad muertos era una desconcertante e inexacta ciencia antes de la llegada de la medicina moderna.
Pero el temor no era totalmente irracional.
A lo largo de la Historia ha habido numerosos casos de personas enterradas vivas accidentalmente y curiosas leyendas hablaban de ataúdes abiertos donde se encontraba un cadáver con una larga barba, o con las palmas de las manos levantadas hacia arriba, o destrozadas por el esfuerzo de haber intentado escapar.....
Por eso, cuando no se conocía la condición de la persona, se le enterraba con una cuerda atada a su muñeca. La cuerda subia hasta la superficie, y allí estaba sujeta a una campana. En caso de que esa persona estubiese viva, a nada que se moviese ya haría sonar la campana y podría ser rescatada por el enterrador.
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